Siempre he creído en la idea de que la unión hace la fuerza. Hoy, más que nunca, la hostelería española necesita precisamente eso: fuerza colectiva. Fuerza para dejar de sobrevivir y empezar a destacar; para posicionar nuestra marca en el lugar que le corresponde; y para demostrar, con hechos, que contamos con la mejor gastronomía del mundo. Sin una visión compartida y sin jugar todos en el mismo equipo, esa fuerza simplemente no es posible.
En el contexto en el que vivimos, me apuesto una buena cena a que, si sentamos a diez personas aleatorias en una mesa y les preguntamos por cualquier tema de actualidad, es imposible que todas estén de acuerdo. En nada, oigan. Casi seguro que van a saltar chispas. Sobre cualquier cosa. Excepto si hablamos de gastronomía… ¡Ay, si hablamos de nuestra gastronomía! Cómo se nos hincha el pechito. Cómo sentimos los colores de nuestros platos. Cómo defendemos a capa y espada (o a mantel y cuchillo) que nuestro nivel culinario es imbatible. Desde nuestros icónicos bares de barrio hasta nuestras 307 estrellas Michelin, no hay ningún país con nuestra riqueza gastronómica. Y lo tenemos todos muy claro. Olé nosotros.
Sin embargo, fuera de nuestras fronteras la percepción es distinta. Basta con leer algunas encuestas internacionales sobre preferencias gastronómicas para encontrarnos a España en puestos tan mediocres como injustos. Esto no es Eurovisión, señores: aquí no deberíamos bajarnos nunca del pódium. Porque lo merecemos. Lo merecen, sobre todo, los hosteleros y hosteleras de este país, que encaran cada servicio como si fuera el último, con el único y noble propósito de alegrarnos el día. Quienes desean que salgamos de sus casas mejor de lo que entramos. Quienes siguen emocionándose al escuchar ese “mmm” de satisfacción cuando un comensal prueba un plato, aunque lo hayan oído miles de veces.
Ellos encarnan ese “duende” del que todo el mundo se enamora cuando nos visita. Son el alma de España. Y no se lo estamos poniendo nada fácil.
El día a día de nuestra hostelería no brilla como debería. Y no porque falte talento, sino porque el contexto es cada vez más complejo y asfixiante. Cuando apenas se puede respirar, resulta imposible pensar en construir marca país o en hacer piña con otros profesionales del sector. Porque, no nos engañemos: hoy ser hostelero u hostelera es casi el equivalente a ser un superhéroe. Sacar adelante un negocio en el entorno actual exige un esfuerzo constante, duro e incesante. Las preocupaciones se acumulan, las facturas no dejan de subir, los costes fluctúan, el personal falla, los alquileres se disparan y la digitalización avanza a un ritmo muy superior al de los recursos disponibles. Y, aun así, ahí siguen. Al pie del cañón. Con la mejor de sus sonrisas y con fuerzas suficientes para cocinarse el mundo.
Por eso nace Disruptiva. Por y para ellos. Porque se lo merecen. Porque, en este contexto infernal, hay que hacer familia.
Disruptiva no es un evento, ni un congreso, ni una jornada de reflexión
Tampoco es otro naming pretencioso de esos que tanto nos gustan a los marketeros. Disruptiva es un movimiento. La materialización de un sentimiento compartido que llevaba tiempo latente en muchas cocinas y en demasiados comités de dirección del sector. Es el fin del corporativismo, del postureo, de los discursos vacíos y de las dobles intenciones.
Disruptiva es el anti-evento. Es naturalidad, honestidad y buenas intenciones. Pocos ingredientes, ninguna regla y gente muy molona que llegó con el mindset adecuado: compartir, aprender y pasarlo bien.
Parece sencillo, ¿no? Pues lo que ocurrió el 17 de noviembre en Disruptiva aún me tiene embelesada, emocionada, abrumada y profundamente agradecida. El sector demostró que tiene ganas reales de hacer las cosas de otra manera y que, cuando se eliminan los asteriscos, vuela libre y suceden cosas maravillosas.
En Disruptiva hubo debate sin filtros, muchas carcajadas, muchísimas palabrotas y algún que otro golpe de pandereta. Pero, sobre todo, hubo complicidad. Se tendieron lazos, nacieron ideas de colaboración, se ofreció ayuda y se compartieron consejos. En definitiva, se hizo familia. Y ese era el objetivo.
No digo que unirnos sea la solución mágica a todos los problemas del sector, pero estoy convencida de que algo aporta. Aunque solo sea un poco de buena energía.
Disruptiva no arrancó con Strong Enough de Cher sonando a todo volumen por casualidad. Era, como cada canción que sonó, un mensaje claro: somos suficientemente fuertes.
Y, antes de irme, una posdata para quien albergue dudas: subí al escenario bailando Cher no porque estuviese preparado ni porque fuera un postureo que funciona bien en escena. Empecé así porque, en mi día a día, bailo para llenarme de energía. Es mi pequeña rutina feliz de casa. Y quería sentir que Disruptiva es casa. Y que así lo sintiesen todos los que estaban allí. Y, de corazón, creo que lo conseguimos. Para todos aquellos que quieren cambiar las reglas del juego, Disruptiva ya es su casa.



