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Cuando hablamos de desperdicio alimentario, probablemente la primera imagen que nos viene a la cabeza es la de un plato que no terminamos. Pero reducir la pérdida y el desperdicio de alimentos va mucho más allá de aprovechar las sobras. Requiere transformar nuestros sistemas alimentarios desde las políticas y la forma en la que producimos y distribuimos los alimentos, hasta cómo los supermercados los venden, cómo los restaurantes y hoteles diseñan y sirven sus menús y, finalmente, cómo los consumidores compramos y comemos. 

Hoy 29 de septiembre, Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos, es una oportunidad para poner el foco en este reto, pero, sobre todo, para avanzar de la concienciación a la acción.

Los datos muestran su magnitud. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) indica que en 2022 se desperdiciaron en el mundo 1.050 millones de toneladas de alimentos, aproximadamente el 19 % de los alimentos disponibles para los consumidores.[1] Además, la pérdida y el desperdicio de alimentos generan entre el 8 % y el 10 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Reducirlos es, por tanto, también una solución climática.

Cuando desperdiciamos un alimento, no perdemos únicamente aquello que vemos. Desaprovechamos el agua, la energía y los recursos empleados para producirlo, transportarlo y conservarlo, además de recursos naturales finitos como el suelo y los nutrientes esenciales que sostienen su fertilidad. Reducir el sobrante significa disminuir simultáneamente la presión sobre el clima, el agua, los ecosistemas y la biodiversidad.

También significa construir sistemas alimentarios más eficientes y resilientes. En un contexto cada vez más expuesto a sequías, fenómenos meteorológicos extremos, conflictos o tensiones geopolíticas, aprovechar mejor los recursos y reducir pérdidas puede disminuir vulnerabilidades y ayudarnos a estar mejor preparados ante futuras disrupciones.

Y sabemos que es posible avanzar. En España, en 2025 se desperdició un 19,2 % menos que en 2020, lo que supone haber dejado de desechar 269 millones de kilos o litros de alimentos.[2] Una señal positiva de que medir, sensibilizar y actuar puede cambiar tendencias. Este avance cobra todavía más relevancia con la aplicación de la Ley 1/2025 de prevención de las pérdidas y el desperdicio alimentario.[3] Desde 2026, los agentes de la cadena alimentaria sujetos a esta obligación deben contar con un plan de prevención que establezca cómo aplicarán la jerarquía de prioridades prevista por la ley: prevenir el desperdicio en primer lugar y, cuando no pueda evitarse, buscar alternativas que permitan mantener los alimentos y sus recursos asociados en su mayor valor posible. La norma supone un paso importante para convertir la prevención del desperdicio en una cuestión integrada en la gestión de las organizaciones y no únicamente en una suma de iniciativas puntuales.

Desde mi trabajo coordinando la iniciativa de Sistemas Alimentarios Sostenibles de Forética, tengo la oportunidad de colaborar con empresas de distintos puntos de la cadena de valor. Una conclusión aparece una y otra vez: no existe una única solución al desperdicio porque tampoco existe un único lugar donde se produzca. Actuar significa colaborar con proveedores para mejorar la planificación, el almacenamiento o el aprovechamiento de productos que no cumplen determinados estándares estéticos. También supone revisar procesos en fábricas, supermercados, hoteles y restaurantes para identificar dónde se generan excedentes y prevenirlos antes de que aparezcan.

Sin embargo, necesitamos implicar también al consumidor y recuperar parte del conocimiento que tradicionalmente nos permitía aprovechar mejor los alimentos. Saber conservar un producto, entender cuándo todavía puede consumirse, diferenciar entre fecha de caducidad y consumo preferente o encontrar una segunda vida para determinados ingredientes son conocimientos sencillos a la par que importantes.

Las empresas pueden facilitar estas decisiones ofreciendo diferentes tamaños de ración, adaptando mejor la oferta a la demanda, diseñando menús que aprovechen mejor los ingredientes, desarrollando envases que prolonguen su vida útil o proporcionando información para conservarlos y utilizarlos mejor. Las soluciones deben diseñarse pensando en cómo las personas compran, cocinan, comen y viven realmente para que funcionen. Y cuando un excedente no puede prevenirse, la innovación y la circularidad permiten convertirlo en valor. Subproductos y alimentos que antes considerábamos residuos pueden transformarse en nuevos ingredientes, bebidas o snacks; determinados restos pueden convertirse en materiales o envases biodegradables; y aquello que ya no puede mantenerse dentro de la cadena alimentaria puede encontrar otros usos, incluida en última instancia, la valorización energética.

El objetivo no debería ser únicamente gestionar mejor nuestros residuos, sino evitar que los alimentos se conviertan en residuos en primer lugar y mantener su valor durante el mayor tiempo posible. Reducir el desperdicio alimentario requiere la colaboración de agricultores, fabricantes, distribuidores, supermercados, restaurantes, hoteles, administraciones y consumidores para convertir soluciones que hoy todavía consideramos excepcionales en nuestra forma habitual de hacer las cosas.


[1] https://www.unep.org/resources/publication/food-waste-index-report-2024

[2] https://www.mapa.gob.es/es/prensa/ultimas-noticias/detalle_noticias/el-desperdicio-alimentario-en-espa-a-se-reduce-cerca-de-un-20---respecto-a-2020-/90c2732b-a6e0-4277-9fb9-97fd5872994b

[3] https://boe.es/buscar/act.php?id=BOE-A-2025-6597

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